Verdad / Consecuencia
La salud de los enfermos, de Julio Cortázar dirigida por Leandro Cóccaro

Julio Cortázar fue, sin dudas, mi primer gran amor literario.
Había algo en su manera de torcer lo real, de correr apenas lo cotidiano para que deje de encajar del todo, que puedo decir sin exagerar me marcó para siempre. Incluso hoy me pasa de estar leyendo y reconocer, en otrxs autores, algo de ese gesto. Leer sus cuentos era entrar en un mundo donde lo extraño no venía de afuera, sino que ya estaba ahí, latente, a punto de aparecer.
Volver hoy a La salud de los enfermos, en su versión escénica dirigida por Leandro Cóccaro, tiene algo de reencuentro. Pero no desde la nostalgia que caracteriza a mi generación, sino desde otro lugar: el de reconocer en esa historia —escrita hace décadas— preguntas que en algún momento nos hicimos a nosotrxs mismos.
El punto de partida es bastante simple: tras la muerte de Alejandro, una familia decide no decirle nada a la madre, que es una persona mayor y está delicada de salud. Para sostener eso, arman un sistema de cartas que lo mantienen “vivo” en el exterior, en un presente que van inventando entre todxs. Alejandro no está, pero llega: llega en palabras, en relatos, en escenas que tienen que encajar entre sí.
Ahí empieza a armarse algo más que una mentira.
Lo que aparece es una estructura que hay que sostener en el tiempo, una ficción en la que los personajes entran y salen constantemente. Y sostener una ficción no es solamente acordarse qué se dijo. Es empezar a vivir ahí adentro.
Entonces aparece la pregunta: ¿hasta dónde somos capaces de sostener una mentira cuando esa mentira empieza a ordenar cómo vivimos?
La puesta de Cóccaro no responde esa pregunta: la hace circular. Trabaja muy fino sobre los vínculos, sobre ese equilibrio raro entre cuidar y negar, donde todo parece a punto de desarmarse. La escena no explica ni baja línea; deja que algo se vaya cargando de a poco, y en ese proceso el espectador también queda implicado en ese pacto.
Hay, además, una decisión que resulta clave: los personajes no solo actúan, también se narran en tercera persona. Se nombran, dicen lo que hacen, como si se miraran desde afuera.
Al principio eso descoloca. No hablamos así. Y ese corrimiento genera una fricción en el lenguaje, algo que no termina de cerrar. Pero a medida que la obra avanza empieza a producir otro efecto: cada acción, al ser dicha, pesa más. Como si necesitara ser enunciada para existir.
Ahí se vuelve evidente que la ficción ya no funciona solo hacia la madre. Empieza a organizar también a quienes la sostienen. No se trata únicamente de mentir, sino de afirmarse en ese decir, de acomodarse dentro de una realidad que se construye en el mismo momento en que se enuncia.
Y en ese punto la obra cambia.
Porque el gesto inicial es entendible: no lastimar a la madre, evitarle un dolor que podría quebrarla. Hay algo de cuidado, incluso algo que podría pensarse como amor. Pero con el tiempo, sostener esa ficción empieza a exigir cada vez más: acordarse de todo, no contradecirse, ajustar los relatos, sostener la escena.
La pregunta entonces se desplaza. Ya no es solo qué hacemos por el otrx, sino qué pasa cuando decir la verdad también nos rompe a nosotrxs. Hay una línea muy fina entre cuidar y negar, y cuando se cruza, no es tan fácil volver.
Lo que aparece en escena no es tanto el duelo como su pausa. Una forma de estirar la pérdida, de no dejar que termine de pasar. Porque decirla la vuelve definitiva. Decirla es asumirla.
En esta obra todo pasa por el peso mismo y la fragilidad de la palabra: cualquier frase puede romperlo todo. Un mínimo error puede hacer caer lo que vienen sosteniendo. Por eso los personajes hablan con cuidado: ajustan, corrigen, repiten. Hablan para sostener. Callan para no romper.
Pero sostener también desgasta.
No es solo la verdad lo que queda en pausa. Es el duelo. Es el tiempo. Es la posibilidad de que algo termine de cerrarse. Lo que no se nombra no desaparece: se mete en los vínculos, los desarma de a poco, cambia la forma en que los cuerpos se acercan o se esquivan.
Porque ya no solo se trata de las historias que inventamos para proteger a alguien, sino de todo lo que estamos dispuestxs a sostener para que esas mentiras no se caigan.


