Una astronauta villera
Cruda (hija de los ‘90), de Nahir Sánchez Romero, dirigida por David Gudiño
La escena comienza como una de esas películas de ciencia ficción que mirábamos por televisión en los noventa: mucho humo, sonidos intergalácticos y una mujer vestida de astronauta que levanta el puño mientras suena la voz del aquel entonces presidente Carlos Saúl Menem prometiendo vuelos espaciales desde la provincia de Córdoba.
Aquel sueño del progreso que pensábamos había quedado sepultado en el pasado, resuena hoy como un eco no tan delirante de aquella década en que la ilusión de la modernidad “Disney” convivía con el hambre y la desocupación. Nahir Sánchez Romero despega desde ese archivo nacional —tan reconocible como absurdo— para narrar su propia historia: la de una niña criada en la villa en un país que se pensaba lanzado a la estratósfera mientras en la tierra muchos no sabían si llegaban a fin de mes.
Esos años de la tan recordada convertibilidad —“un peso = un dólar”— construyeron un verdadero misticismo en torno a la meritocracia. Nosotrxs, aquellos hijxs de los ‘90 fuimos educados con la idea de que el éxito era individual, entre slogans de prosperidad y publicidades que prometían bienestar, mientras miles de personas se hundían en la desigualdad.
Aquel discurso, que creíamos enterrado, vuelve hoy reciclado en las políticas neoliberales de extrema derecha: la fe en el cuerpo como empresa, en el otrx como amenaza. Cruda nos enfrenta a esa repetición, pero también nos recuerda lo que la historia quiso borrar: que en los márgenes siempre hubo comunidad, que cuando faltaba todo, se compartía. Y, como advierte el regreso de El Eternauta en este presente tan incierto: que nadie se salva solo.
Dirigida por David Gudiño, Cruda, hija de los 90 es un viaje entre la sátira y la ternura. Nahir — nuestra astronauta villera— ha sido capturada por marcianos que planean invadir la Tierra. A lo largo de la obra intenta convencerlos de que no lo hagan pero… ¿cómo explicarles que este planeta ya está lo suficientemente devastado por los humanos? El recurso del absurdo funciona como un espejo. A través del humor, de la ironía y de un repertorio que mezcla cumbia con chamamé, Nahir expone las contradicciones de un mundo donde la desigualdad sigo siendo moneda corriente.
Los “marcianitos” son sus cómplices y sus testigos: los músicos que la acompañan en vivo, pero también los interlocutores de un diálogo imposible. Frente a ellos, Nahir se mueve entre la confesión y la farsa, entre el testimonio y la parodia, desplegando una energía que atraviesa la risa sin suavizar el golpe. En cada cambio de tono —del relato íntimo a la sátira política— se filtra algo más profundo: la necesidad de contarse desde adentro, de no dejar que otros narren la historia que ella vivió en carne propia.
En Cruda, lo testimonial no se presenta como confesión ni como demanda de empatía. Se trabaja desde la sátira y la ternura: dos modos de desmontar la tragedia sin negarla. La sátira permite poner distancia, reírse del poder, invertir la mirada. La ternura, en cambio, devuelve humanidad a lo que la mirada ajena quiso volver objeto de estudio o compasión. Entre ambas, Nahir construye un territorio nuevo: el de una memoria que no busca reparación, sino dignidad.
En uno de los pasajes más filosos, recuerda una salida con un grupo de chicos: van en colectivo y, al pasar frente a una villa, uno de ellos dice —sin dudar— “hay que poner una bomba”. No sabe lo que dice; apenas repite lo que oyó en casa. Esa escena resume una pedagogía del odio que sigue vigente: los más chicxs repiten, como mantras, los prejuicios que escuchan de los adultxs. Cruda expone ese eco con precisión con odio no se nace, el odio se aprende.
Pero lo interesante de esta propuesta es que la obra no se detiene en la mera denuncia. También recupera la memoria de los suyos: la villa durante los saqueos del 2001, la mezcla de miedo y solidaridad, el fuego, el hambre y la obstinación por seguir. En medio de ese paisaje aparece la figura de la abuela, curandera del barrio, a quien todos buscaban cuando dolía algo más que el cuerpo. Hay en esa evocación una ternura que desarma cualquier mirada externa: el cuidado entendido como vínculo, no como caridad.
Más adelante, cuando Nahir descubre que en el “mundo de afuera” basta una pastilla para calmar las dolencias, decide seguir creyendo en su abuela. Esa decisión mínima —creerle a quien sana con las manos y la palabra— es también una toma de posición. Entre la medicina que promete eliminar el malestar y la sabiduría que lo acompaña, ella elige quedarse del lado de lo humano. En ese gesto se cifra su resistencia: no renunciar a los saberes que sostienen la vida.
Lo más potente de Cruda es que devuelve el relato a quien lo vivió. Su historia no busca lástima, pero sí busca justicia en la palabra. En tiempos donde el mérito y el odio vuelven a ocupar la agenda pública, su obra es una respuesta luminosa: la afirmación de una vida que no se explica, que simplemente se muestra y, al hacerlo, nos expone también a nosotrxs.
Más que una obra sobre el pasado, Cruda es una intervención sobre el presente. Frente a la anestesia del cinismo, propone volver a sentir. Frente a la soledad neoliberal, la escena como territorio común. Y frente al odio, la palabra dicha con humor, con lucidez y con amor.




