
Hay pocas cosas que me den tanta vergüenza ajena de mí misma como encontrar algo que escribí a los doce o trece años. A esa edad tenía la capacidad extraordinaria de atravesar tres tragedias irreparables por semana y dejar constancia escrita, con lujo de detalles, de cada una de ellas. El chico que no me había mirado en el recreo podía convertirse en el amor de mi vida; una pelea con una amiga ameritaba páginas enteras y cualquier “hoy fue el peor día de mi vida” corría serios riesgos de ser reemplazado por otro exactamente igual veinticuatro horas después.
Y ahí estábamos. Escribiendo.
No sé cuántas fuimos, pero para muchas de nosotras, que crecimos antes de que internet se metiera definitivamente en nuestras vidas, tener un diario íntimo era moneda corriente. Te lo regalaban para los cumpleaños, algunos venían con tapas acolchadas, stickers, hojas perfumadas y esos candaditos muy pero muy chiquitos que, seamos sinceras, no protegían absolutamente nada. Después una llenaba las páginas con todo aquello que consideraba lo suficientemente importante como para que quedara registrado. O sea: TODO.
Aunque escribirlo no siempre alcanzaba.
También guardábamos pruebas.
Un boleto, la entrada del cine, una carta doblada veinte veces, el papelito que alguien nos había pasado durante una clase, una flor seca, el envoltorio de un caramelo, una servilleta. Cosas completamente inútiles para cualquier otra persona que, una vez metidas entre las páginas de ese cuaderno, adquirían una importancia descomunal.
Abrir uno de esos diarios veinte o treinta años después, créanme, puede ser una experiencia religiosa. Hay nombres de personas que jurábamos que jamás íbamos a olvidar y acontecimientos cuya importancia resulta hoy directamente incomprensible. Pero también sucede lo contrario: aparece un papelito, una palabra, incluso un olor, y de golpe vuelve una escena completa que ni siquiera sabíamos que seguía guardada en algún lugar de nuestra corteza frontal.
Domingo con Dominga, de Paula Russo Martínez y Nicole Grinberg, nace justamente de uno de esos encuentros. Durante el aislamiento de 2020, Russo Martínez empezó a revolver cajones y se encontró con diarios y cartas de su pasado. En lugar de limitarse a reírse de la chica que había sido, empezó a mirar esos textos desde otro lugar.
A leerlos como escritura.
De ahí aparece nuestra protagonista Dominga, una antropóloga experta en literatura que estudia diarios íntimos escritos por niñas y adolescentes de distintas épocas. El dispositivo tiene algo inmediatamente gracioso: enamoramientos, peleas, secretos y acontecimientos minúsculos son abordados con una grandilocuencia casi académica, como si entre esas páginas acabara de aparecer un manuscrito capaz de modificar para siempre la historia de la humanidad.
Pero la obra hace algo bastante más interesante que reírse de esa desproporción.
Los toma en serio.
Porque es muy fácil reírnos de la chica que fuimos. Más difícil es recordar que para ella no había nada gracioso en lo que estaba escribiendo. Ese amor realmente era el amor de su vida. Esa amistad rota parecía irreparable. Ese comentario podía arruinarle toda la semana. Debajo de toda esa solemnidad que hoy nos parece desmedida había alguien intentando entender por primera vez el deseo, el cuerpo, los celos, la vergüenza, el miedo y el amor romántico.
Ahí Domingo con Dominga encuentra uno de sus gestos más lindos: correr esas escrituras del lugar de la pavada adolescente y escuchar a quienes las escribieron. No como futuras adultas que todavía no habían llegado a ser algo, sino como niñas que ya tenían una mirada, una forma de escribir y una manera propia —a veces exagerada, a veces ingenua, a veces sorprendentemente lúcida— de ver el mundo.
Pero hay algo que hoy me resulta muchísimo más extraño: para quién escribíamos.
Para nadie.
O, al menos, esa era la idea.
El diario íntimo era justamente el lugar donde no había que construir una versión pública de uno mismo, porque había cosas que uno guardaba simplemente porque eran suyas. La condición fundamental del asunto era bastante sencilla: que nadie lea esto.
Visto con ojos de hoy, me parece algo hasta casi exótico.
Seguimos guardando recuerdos, claro, pero cambió muchísimo lo que hacemos con toda esa materialidad. Sacamos fotos de lo que comemos, de dónde estamos, de con quién estamos, de lo que vimos, de lo que sentimos. Registramos un cumpleaños mientras todavía está sucediendo y a veces hasta lo publicamos antes de que termine.
Algo catastrófico pasó con la intimidad en el medio.
No creo que haya desaparecido, pero esas cositas que antes podían quedar veinte años escondidas entre las páginas de un cuaderno conviven hoy con una pulsión bastante distinta: la de mostrarlo TODO.
Antes guardábamos pruebas para nosotros mismos. Ahora también las producimos para los demás.
No quiero decir con esto que antes vivíamos en un estado de mindfulness permanente y ahora somos pobres criaturas esclavizadas por Instagram. Sería bastante ingenuo venir a plantearles eso de mi parte. Pero esos diarios dejan ver una diferencia que Domingo con Dominga vuelve muy concreta: chicas capaces de escribir páginas enteras sobre sí mismas sin imaginar una audiencia.
Y hay algo más.
Hacía falta muy poco para que una cosa mereciera ser contada.
Una tarde con una amiga. Un recreo distinto. Una canción. Un caramelo. Que alguien te mirara dos segundos más de lo habitual. El acontecimiento podía ser diminuto y, sin embargo, alcanzar para llenar tres páginas.
No hacía falta que pasara algo extraordinario. Alcanzaba con que nos pasara.
Hoy podemos registrar un día entero, acumular fotos, videos, mensajes e historias y aun así terminar con la sensación de que no nos pasó nada demasiado interesante. Esos diarios, en cambio, podían convertir diez minutos de un martes cualquiera en un episodio que merecía ser conservado durante décadas.
No quiero volver a tener doce años —creo que de eso no tengo ninguna duda—, pero hay algo de esa manera de mirar que me provoca una mezcla bastante rara entre ternura y envidia.
Domingo con Dominga trabaja en ese lugar. Nos deja reírnos de la solemnidad con la que narrábamos nuestras pequeñas tragedias sin convertirlas por eso en una pavada. Porque debajo de los corazones dibujados, los signos de exclamación y algún que otro “nunca más voy a confiar en nadie” había alguien intentando entender qué hacer con todo eso que le estaba pasando por primera vez.
Capaz por eso volver a esos cuadernos incomoda tanto.
Una empieza leyendo desde la distancia, convencida de que aquella chica ya no tiene demasiado que ver con una. Se ríe de sus palabras, de sus preocupaciones y, sobre todo, de sus elecciones sentimentales probablemente espantosas.
Hasta que aparece una frase.
Una sola.
Y la entendemos perfectamente.
Porque, para nuestra desgracia, esa chica que escribía sobre esas hojas perfumadas todavía se nos parece bastante.


