“La tierra está escupiendo cadáveres”
Una sombra voraz, de Mariano Pensotti y Grupo Marea
¿Qué pasa cuando las ficciones no solo narran la realidad, sino que la devoran, la transforman y la devuelven bajo nuevas formas? En el teatro de Mariano Pensotti y Grupo Marea esa pregunta atraviesa cada proyecto. Una sombra voraz continúa ese recorrido con una obra que cruza literatura, cine y teatro para indagar en cómo las narraciones modifican la experiencia, hasta volverla irreconocible.
En escena aparecen dos narradores que se espejan: Julián Vidal, un alpinista que busca completar la expedición en la que murió su padre, y Manuel Rojas, un actor convocado años más tarde para protagonizar la película basada en esa historia. Un hombre asciende una montaña; otro representa ese ascenso frente a una cámara. Lo que parece un juego de duplicaciones se convierte en un entramado de reflejos donde las vidas personales se confunden con los relatos que las representan. Cada narración altera lo vivido; cada representación abre nuevas heridas.
El dispositivo escénico creado por Mariana Tirantte potencia este efecto de espejos: paneles móviles que se vuelven hielo, cintas transportadoras que transforman el piso en un sendero imposible, arneses que suspenden cuerpos en un esfuerzo constante. Con pocos elementos, la obra compone imágenes de gran poder visual: dos escaladores que ascienden en paralelo a ambos lados de un panel; los narradores que caminan sin descanso sobre cintas que nunca llegan a destino; superficies que se convierten en espejos de hielo donde la escena se refleja a sí misma.
En ese juego especular, los vínculos familiares aparecen desbordados: el alpinista que carga con la ausencia del padre, el actor que reconfigura la relación con su hija a partir de un papel que lo enfrenta a otra biografía. Escalar una montaña, filmar una película, hacer teatro: todas son formas de enfrentarse a lo irrepresentable, de transformar la ausencia en relato.
Es en ese punto donde surge una de las frases más potentes de la obra. “La tierra está escupiendo cadáveres”, dice Julián al hablar del deshielo que devuelve cuerpos en la alta montaña, consecuencia del cambio climático. Pero esas palabras exceden el Himalaya. En la Argentina, la tierra también sigue devolviendo cuerpos: los desaparecidos que vuelven a aparecer en fosas comunes, las huellas de la dictadura que insisten en retornar, la violencia política que atraviesa incluso nuestro presente. La metáfora geológica se convierte así en metáfora histórica: el planeta y la memoria expulsan aquello que se intentó enterrar.
Esa imagen condensa el corazón de Una sombra voraz. Porque lo que Pensotti pone en escena no es solo la historia de un escalador y un actor, sino el modo en que las ficciones atraviesan y deforman la realidad. La película sobre Julián no solo cuenta lo que ocurrió: lo altera. El teatro no solo representa: transforma la manera en que pensamos el pasado y el presente. La ficción devora la realidad y la devuelve con una intensidad aún más brutal.
La obra también incorpora otra capa: el tiempo geológico. Si el relato íntimo del escalador se entrelaza con la historia reciente, la montaña introduce el ritmo lento y devastador del Antropoceno. El planeta mismo se convierte en narrador: glaciares que retroceden, cadáveres que emergen, huellas de un colapso que no pertenece al futuro sino al presente. En ese sentido, Una sombra voraz habla tanto de lo personal y lo político como de lo climático: la sombra voraz es también la de un mundo devorado por el propio deseo de expansión humana.
El humor, como siempre en el teatro de Pensotti, aparece como contrapeso. Las sospechas entre el escalador y el actor, las exageraciones de la película, las ironías sobre el propio relato hacen que la obra fluya con una ligereza que nunca diluye su densidad crítica. Reírse del artificio es también exponerlo; la comedia no es evasión, sino resistencia.
La hibridez formal es otra marca de Grupo Marea: Una sombra voraz no es teatro musical pero lo incluye; no es cine pero lo cita; no es conferencia pero la parodia. Esa multiplicidad no es capricho: es la única forma de representar un tiempo atravesado por el quiebre, la superposición y la incertidumbre.
El verdadero suceso de Una sombra voraz no es el ascenso a una montaña ni la filmación de una película. Es la certeza de que el teatro todavía puede interrumpir la comodidad de los relatos, abrir fisuras en la continuidad de lo aceptado, devolvernos lo que el poder quisiera enterrar. La sombra voraz no pertenece solo al pasado o al futuro: es el presente que insiste, es la memoria que se escupe a sí misma para no desaparecer.





